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Otra forma de aprender.


Matemáticas escolares: ¿Impostor o tripulante?

Leo este artículo en el periódico y pienso en este razonamiento tan simple, lineal y la vez cíclico:

Peores resultados en matemáticas >>> Redoblamos la complejidad de los contenidos, aumentamos su cantidad y los comprimimos en un tiempo más pequeño (pensando que si incluimos cada vez más, cada vez más rápido, cada vez más difícil... subiremos en ese ranking) >>> Peores resultados en Matemáticas.



Einstein nos diría::



¿Tan difícil es ver que se trata de un bucle, de un ciclo vicioso que nos lleva a tener cada vez peores resultados?

Cuando hablo de peores resultados, no me refiero solo a los estadísticos. Aclaro incluso que relativizo bastante este tipo de estudios, aunque agradezco el cachetazo que parecen dar a educadores, grandes cráneos de la educación y sociedad en general.

Una llamada de atención a todos aquellos que son incapaces de percibir la misma información a partir de otro tipo de indicadores más cotidianos, más humanos, más emocionales.

Seguramente unos cuantos se verán tan sorprendidos y se preguntarán: ¿cómo "peores resultados"?... si enseñamos más, si exigimos más, si complejizamos más…



Claro, hace falta mirar estos otros indicadores: las caras de los alumnos, la frustración, la desmotivación, el pánico por la asignatura, el desinterés, la ansiedad, la sensación de tortura... y lo peor, la convicción de que no serán capaces.

Una larga lista en la que brillan por su ausencia elementos imprescindibles para el aprendizaje: la motivación, la confianza, el interés, la autoestima, el humor, el gusto, la significatividad.

Cuando esto ocurre en un solo alumno, o en unos cuantos de una clase, es fácil transferir la responsabilidad y la culpa: es vago, no presta atención, tiene que trabajar más, no sirve para las matemáticas.

Pero, ¿y cuando ocurre con la gran mayoría del alumnado como muestran estos resultados? ¿Nos atreveremos a decir que tenemos aulas llenas de alumnos culpables de este gran fracaso?

A lo que nos tenemos que atrever es a repensar la Educación Matemática, a reinventarla como tantos docentes hacen desde el pequeño espacio de sus aulas, a asumir de una vez por todas qué ocurrirá si no dejamos entrar a las clases de esta asignatura la verdadera resolución de problemas, las variables sociales y emocionales de la educación…

No se puede poner el listón a la misma altura para todos los alumnos.

Imposible transmitir gusto por la asignatura, si como docentes no estamos convencidos de que “las mates son taaaan bonitas”.

Imposible lograr que aprendan y aprueben la materia, si no somos los primeros en creer en que sí son capaces, que pueden, que todos podemos aprender matemáticas.

A veces me da la sensación de que dentro de este bucle hay otros más pequeños, personales, invisibles, relacionados con cadenas de frustraciones personales, que se van transmitiendo de generación en generación… como si implícitamente, se fuera transmitiendo de generación en generación un mensaje cifrado: las matemáticas son arduas, difíciles, algo que nos toca sufrir inevitablemente, una asignatura asequible solo para algunos.

En tiempos de Among Us, me da la sensación de que algún impostor que se hace llamar matemáticas, ha ocupado el lugar de las matemáticas de verdad.



Porque os juro que las de verdad son bonitas, entendibles, creativas, divertidas, posibles y disfrutables.

Y al igual que los impostores del Among Us, este impostor tiene la capacidad de matar, de meterse por las alcantarillas y sabotear.

Matar vocaciones.
Meterse por las alcantarillas del sistema educativo.
Sabotear cualquier intento de gusto o vocación científica.

Y por supuesto, el día en que este impostor sea descubierto y las Matemáticas de verdad recuperen su usurpado lugar, se impondrá la mejora en la relación de cada persona con la asignatura y como consecuencia la reversión de los resultados estadísticos que nos hablarán de que ese cambio se ha producido para muchas personas.

Guillermina Marcos
Directora Académica de Aprendísimo

Artículo original: enlace

APRENDÍSIMO incorpora DIDE, la mejor herramienta de pre-evaluación psicoeducativa

* Pre-evaluación psicoeducativa incluida en la matriculación de nuevos alumnos.

Actualmente muchas de las dificultades del aprendizaje y desarrollo de los niños y adolescentes se suelen detectar demasiado tarde; es decir, cuando empiezan a surgir problemas de rendimiento académico, baja autoestima y situaciones de fracaso escolar.

La metodología APRENDÍSIMO se caracteriza por el enfoque integral de los procesos de aprendizaje y de las personas, asumiendo que antes de trabajar con un alumno es necesario conocer sus características cognitivas, sociales y emocionales: historia escolar, familiar, necesidades educativas, hábitos de estudio…

DÍDE es un sistema que nos ayuda a recoger información sobre las necesidades y características psicoeducativas de cada alumno, contribuyendo a crear un “mapa” completo de cada uno.

Un mapa que favorece la detección temprana a la vez que se constituye como el mejor punto de partida desde el cual diseñar el mejor plan personalizado de evaluación y/o intervención psicoeducativa.

El sistema DÍDE, reconocido con el Sello de Excelencia de la Unión Europea, nos ayuda a detectar tempranamente indicios de hasta 35 indicadores que se relacionan con su aprendizaje y desarrollo, ofreciéndonos una visión inicial global del perfil de cada niño.



Coincidimos con DÍDE en que:

“Todos los niños/as deberían ser felices en su paso por la escuela, en beneficio de su educación, su aprendizaje y su desarrollo. De esta manera, aumentan las posibilidades de éxito escolar reduciendo la incidencia de abandono escolar.”

Más información sobre díde: www.educaryaprender.es

Reflexión. APRENDER EN TIEMPOS DE PANDEMIA

Llegamos al año 2020 hablando mucho y haciendo poco en relación a la educación del siglo XXI.

¿Nadie había notado que en 2020, ya había pasado la quinta parte de ese siglo?

Listas muy bonitas de leer sobre los retos que demandará vivir en la sociedad siglo XXI y las habilidades y competencias imprescindibles para ello:



Tuvo que irrumpir un virus para recordarnos que ese futuro es hoy, y que ya vale de listas y declaración de intenciones, que ya no hay margen, que las listas están muy bien y son bonitas de leer pero que ahora tocaba llevarlas al plano real.

Con el agravante de que ese salto al siglo XXI tuvo que ser así, sin anestesia, sin avisos ni planificaciones previas, y afectando no sólo al plano de la educación curricular sino a todas las dimensiones de las vidas de nuestros niños y jóvenes: emocional, social, vocacional, cognitiva…

Y ellos, nuestros niños y jóvenes, tuvieron que asumir esas listas de “habilidades para el siglo XXI” que no sabían ni que existían, para adaptarse a la educación “online + en casa” pero a la vez asumir que sus listas verdaderamente importantes también debían cambiar de un día para otro, y de esta lista:



de repente tuvieron que pasar a esta nueva:



Y ellos, lo hicieron muy bien, mostrando que estaban preparados de sobra para trabajar y aprender de otra manera, para adaptarse a esa lista de habilidades que durante tanto tiempo los adultos estábamos escribiendo para ellos. Y fueron capaces de hacerlo pese al resto de cambios que tuvieron que asumir a la vez, pese al salto repentino, pese al impacto social, familiar y emocional…

No es general, muchos no lo han conseguido, lo triste es que en esos casos no haya sido por motivos personales sino por una brecha digital en la que nadie había pensado antes o por otros motivos “no suyos”.

Nos han demostrado a todos, familias, docentes y sociedad en general, que pueden, que saben, que se comprometen, que se adaptan… han estado a la altura como nadie, quizá porque ellos sí sabían que la comunicación en este siglo incluye otras formas y herramientas digitales que la escuela dejaba al margen.

Y los docentes lo hemos hecho como hemos podido, más bien como el sistema educativo del que somos parte nos lo ha permitido: reinventando las clases desde cero, en solitario, buscando vías de contacto con nuestros alumnos y sus familias, explorando recursos, aprendiendo, investigando, reinventándonos… y todo esto en los pocos ratos libres que “el sistema” nos ha dejado para ello… porque ese aparato enorme se ha mantenido con su inercia, ciego, sordo y mudo ante la situación, sin empatía alguna por ninguno de sus miembros (alumnos, docentes, familias…), sin reaccionar... o quizá reaccionando en “sentido contrario a lo esperado” porque parece haberse puesto a defender esa forma de funcionar inútil, refugiándose cada vez más en sus listas, documentos y demás procedimientos burocráticos: un sistema decidido a seguir como siempre, defendiéndose de cualquier cambio, acorazándose en su propia estructura.

Y las familias nos hemos convertido en secretarios, maestros, informáticos, psicólogos… apoyando, ayudando, motivando, conteniendo, enseñando… seguramente inventando el tiempo y las ganas para ello allí donde la pandemia no había dejado nada.

En síntesis, alumnos, docentes y familias han demostrado que pueden, que quieren, que han sido capaces con los peores recursos y condiciones emocionales, pese a quedar patente que tanta inversión en tecnología e innovación educativa durante los últimos años se mostraba ahora ineficaz.

¿Y ahora qué?

¿La escuela está esperando que vuelva la normalidad para volver al siglo XX y guardar las habilidades para el siglo XXI de nuevo en una lista? Hablo de escuela, entendiéndola en este caso como parte, más bien rehén, del sistema educativo, al igual que alumnos, docentes y familias.

¿Seguirá pensando que estos cambios son solo por culpa de un virus y durarán el mismo tiempo que él?

¿Seguirá implorando que termine este escenario que la ha dejado tan retratada, tan expuesta, como la estructura que peor ha sabido adaptarse?

¿O será capaz de aprovechar esta imposición para afianzar ese paso adelante, y seguirlo de otro (revisión de metodología)... y de otro (revisión de contenidos)... y de otro (revisión de sistema de evaluación)... y de otro (repensar la atención a la diversidad)... y de otro (educación emocional)... y de otro (inclusión real de herramientas digitales)… y de otro (redefinir la formación docente)... y otro, y otro, y otro… avanzando pasito a pasito, pero sin ningún paso atrás, hacia ese siglo XXI?

Porque algo está claro y es que si no cambia ahora, la escuela se mantendrá igual a sí misma para siempre, evidenciando que es incapaz de practicar aquello que predica: el aprendizaje. Tendrá así el dudoso mérito de haberse mantenido inmune al COVID-19: un virus que más que dejar secuelas en la educación, habrá dejado expuestas sus “precuelas”.

Guillermina Marcos
Directora Académica de Aprendísimo

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